Sermón del Monte (Mt. 5)

Podemos entender a los relatos evangélicos como historias y/o biografías de Jesús,  lo cual es muy bueno, pero hoy querría que también consideremos  a los mismos, desde otro punto de vista, es decir, desde la mirada descriptiva de su obra, lo que quiero proponerles es que hagamos el esfuerzo de ver todas estas narraciones como exposiciones,  tanto  de su obra salvífica, como del retrato de Rey de Reyes o de Salvador del mundo.

Veremos entonces que la estampa de Jesús está atravesada por distintos diseños o enfoques personales; estos cuatro autores que el canon bíblico rescata  guiados por el Espíritu Santo nos van a mostrar distintas actitudes, posturas de una personalidad única: el libro de Mateo lo presenta como rey, para Marcos es la figura del siervo, Lucas destaca su hombría y para  Juan es Di-s mismo encarnado.

Es de esta forma como los cuatro libros presentan a la persona del Señor Jesús, desde su óptica distinguible.

Por estas múltiples facetas de la personalidad de nuestro Señor, es que nosotros podemos apreciarle en su rol del Mesías  esperado,  o del Profeta de Di-s, o del Sacerdote, o del Rey, con toda la carga que cada función conlleva, (como Profeta, siendo Di-s,  era la voz de Di-s mismo; como   Sacerdote, vino a ser tanto el sacrificio como el realizador del mismo; como Rey fue rechazado en su primera venida, pero no será así en su segunda, ya que deberá cumplir con el pacto davídico.

Estos evangelios, (llevan el nombre de buenas nuevas) son los que nos van a describir la iniciativa tomada por Di-s mismo de  hacerse hombre, humanizarse,  para poder actuar de forma directa y en un claro plano de semejanza, e igualdad de condiciones dibujarle a la humanidad su propia imagen, rescatarles de su vana manera de vivir.

Bienaventuranzas

Mateo, el autor de esta homilía de Jesús lo introduce en algún monte cercano al lago Tiberíades, algunos exegetas ven en esta actitud un acto de paralelismo entre Jesús y Moisés y el monte Sinaí donde se le entregó las tablas de la ley. Esto obedece a que en este acontecimiento discursivo del maestro se lo entiende como al Señor Jesús entregándole a la humanidad la nueva y definitiva ley, recalcando la oposición entre la ley Mosaica  y esta nueva interpretación.

Felices,  Dichosos, Bienaventurados, expresiones que dan entrada a las buenas noticias, que son dirigidas a esa población ignorada y despreciada por “los que mandan”, aquellos que mantienen una posición social decisiva en nuestras sociedades humanas, las palabras de Jesús reivindican a estos otros que conforman lo que en tiempos modernos conocernos como “mayoría silenciosa”. Jesús no les está hablando a las 12 tribus tradicionales, (se encuentra en Galilea de los Gentiles), tampoco utiliza  el idioma hebreo bíblico, sino que les habla en el lenguaje común y llano del pueblo.

Este evangelio nos enseña que los pobres, quienes lloran, quienes alguna vez quisieron patear el tablero de la existencia, o a maldecir su suerte, sus culpas, a los que se compadecen de los otros, pacificadores, de limpio corazón, a los perseguidos e insultados por causa del señor. (Lucas solo plantea tres bienaventuranzas: los pobres, los que lloran y quienes tienen hambre).

Esto no reviste mayor importancia, pues ambas nos muestran, con mayor o menor precisión  a un pueblo sufrido.

El mensaje de bienaventuranza no debe entenderse desde un punto de vista escarnecedor, sino  como que somos  merecedores del Reino de los Cielos, pero no como una recompensa que tendremos luego de nuestra muerte, sino como un anticipo que se estableció,  hoy con Jesús, quien nos dice que su Padre está presente entre nosotros, ¿Quiénes? Aquellos que nos sentimos y mostramos  como Di-s quiere vernos.

 

Jorge L. Rodaro

Deje una respuesta